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Tacarigua es un pueblo céntrico de Margarita, el más equidistante de las costas
de la mar por todos los puntos cardinales; agrícola por excelencia y donde
concurrían las vendedoras de pescado, especialmente de Manzanillo, El Tirano y
Juangriego, con sus maras repletas de productos marinos, para regresar a sus
casas con ellas cargadas de todo lo que producían los conucos, huertas y sierras
labrantías, sin que nada les costara.
Se
cuenta que durante la segunda década del siglo que fenece, conocido como el de
las luces, no sabemos por qué; en temporadas, algunas veces largas y otras
cortas, frecuentaba la localidad, un hombre de mediana edad, desgarbado,
andrajoso, poblado de barba, que sufría de un mal mental exagerado, a quienes
todos conocían como «el loco de Los Robles», sin que se supiera a ciencia cierta
si el orate era o no, vecino del pueblo de ese nombre.
Al
tal loco se le tenía un miedo pavoroso, porque era malo de verdad verdad;
cometía tremenduras de todas las especies y formas, asaltaba las viviendas, se
llevaba cuanto encontraba, mataba los animalitos domésticos, perseguía a los
muchachos y hasta a los adultos; de modo que todo el mundo para medio protegerse
del bendito enajenado mental, cerraba las puertas de las casas cuando las tenían
y si no, las dejaban a la voluntad de Dios, pero nadie se atrevía a hacerle
frente ni mucho menos daño personal, dejándolo tranquilo hasta que se cansara y
se fuera hacia otra parte o hacia donde mismo había venido.
Se
cuenta que en una ocasión, una tiranera o manzanillera, no podemos precisarlo
bien, estaba con su mara en pleno suelo, vendiendo un enorme carite que traía y
el cual picaba por ruedas con un desproporcionado cuchillo amoladito que
exhibía, para remediar al círculo de mujeres, viejas y mozas que la rodeaban,
cuando escucharon los gritos estridentes, ya muy cercanos, del enajenado mental;
muchas echaron a correr para ponerse a salvo, mientras que otras, atacadas por
un nerviosismo paralizante, no pudieron hacerlo, resignándose a Dios y a los
santos y al ánimo que les influía la vendedora, que les rogaba que se quedaran
tranquilitas.
Cuando el loco se acercó completamente a ellas, es decir, a las que quedaban, se
limitó a abrirse la bragueta del desarrapado pantalón que medio lo hacía vestir,
sacándose su naturaleza con todo y manojo, poniéndolo sobre la palma de su mano
izquierda totalmente abierta, mientras que con un dedo de la otra, simulando un
cuchillo, simplemente les decía: "Como van a querer, para la cabeza o para la
cola"; mientras que la pescadera, sacando ánimos de tripas corazón, le gritó:
"Yo sí de verdad que te corto esa vaina loco del carajo", fingiendo abalanzarse
sobre él.
El
orate salió despavorido gritando más que nunca. No sabemos si del viaje le
volvió el juicio, pero sí dijeron después, que a lo único que le tenía pavor era
a los cuchillos de las vende pescado.

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